El crimen del padre Amaro

El crimen del padre Amaro

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Cuando volvió a la habitación de Amélia, la Dionísia y la Gertrudes, arrodilladas al lado de la cama, rezaban. El lecho, el cuarto entero, estaban revueltos como un campo de batalla. Las dos velas, consumidas, se extinguían. Amélia estaba inmóvil, con los brazos tiesos, las manos crispadas, de un color púrpura oscuro. Y el mismo color, más amoratado, le cubría el rostro rígido.

Y de bruces sobre ella, con el crucifijo en la mano, el abad dijo con voz angustiada:

Jesu, Jesu, Jesu! ¡Acuérdate de la gracia de Dios! ¡Ten fe en la misericordia divina! ¡Arrepiéntete en el seno del Señor! Jesu, Jesu, Jesu!

Finalmente, notando que estaba muerta, se arrodilló murmurando el Miserere. El doctor, que se había quedado en la puerta, se retiró despacio, atravesó el pasillo en puntillas y bajó a la calle, donde el mozo aseguraba la yegua ya enganchada.

—Vamos a tener lluvia, señor doctor —dijo el rapaz bostezando de sueño.

El doctor Gouveia alzó el cuello del chaquetón, colocó su estuche en el asiento y poco después el cabriolé rodaba sordamente por la carretera, bajo el primer golpe de lluvia, cortando la oscuridad de la noche con el brillo rojo de sus dos linternas.


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