El crimen del padre Amaro

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Pero la Gertrudes, jadeante, irrumpió en la taberna gritando que el cortejo estaba ya en el cementerio ¡y que sólo faltaban «aquellos señores»! Los lacayos salieron y alcanzaron el entierro cuando cruzaba la pequeña verja del cementerio, en el último versículo del Miserere. João Eduardo llevaba una vela en la mano, iba detrás del féretro de Amélia, casi tocándolo, con los ojos nublados por las lágrimas clavados en el terciopelo negro que lo cubría. La campana de la capilla doblaba sin cesar, desoladamente. La lluvia caía más fina. Y, todos callados, en el silencio hosco del cementerio, con pasos ahogados por la tierra blanda, se dirigían hacia el rincón junto al muro donde se encontraba recién cavada la tumba de Amélia, negra y profunda entre la hierba húmeda. El monaguillo clavó en el suelo la cruz plateada y el abad Ferrão, adelantándose hasta el borde del agujero oscuro, murmuró el Deus cujus miseratione… Entonces João Eduardo, muy pálido, se tambaleó y el paraguas le cayó de las manos; uno de los criados de uniforme corrió, lo sostuvo por la cintura; se lo querían llevar, arrancarlo de las cercanías de la tumba; pero él resistió y allí se quedó, con los dientes apretados, agarrándose desesperadamente a la manga del criado, viendo al sepulturero y a los dos mozos amarrar las cuerdas al ataúd, hacerlo resbalar despacio con un crujido de tablas mal acopladas entre la tierra que se deshacía y caía dentro.


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