El Mandarín
El Mandarín
Transcurrió un mes.
Entretanto, rutinario y triste, yo iba poniendo mi caligrafía al servicio de los poderes públicos y admirando los domingos la habilidad enternecedora con que doña Augusta le quitaba la caspa a Couceiro. Ahora me resultaba evidente que aquella noche me había dormido sobre el infolio y que había soñado con una "Tentación de la montaña" con formas familiares. No obstante, instintivamente, empecé a buscar noticias de China. Iba a leer los telegramas a la Havanesa y lo que más me interesaba eran las noticias del Celeste Imperio, aunque en aquella época todo estaba tranquilo en la tierra de las razas amarillas... La Agencia Havas sólo hablaba de Herzegovina, de Bosnia, de Bulgaria y de otras curiosidades extranjeras...
Poco a poco fui olvidando mi fantasmal suceso y, al mismo tiempo, mientras mi espíritu se apaciguaba, volvieron a agitarse mis antiguas ambiciones: un ascenso, el seno amante de una Lola, bistecs más tiernos que los de doña Augusta. Pero esos lujos me parecían tan inalcanzables, tan surgidos de mis sueños como los propios millones del Mandarín. Y por el desierto fue avanzando lenta y monótonamente la caravana de mis melancolías.
