La Reliquia
La Reliquia Tampoco visité la caverna de Hira ni los devotos arenales que se extienden entre La Meca y Medina y que tantas veces pisó Mahoma, el profeta excelente, con lentitud y pensativo, sobre su dromedario. Mas, desde las higueras de Betania hasta las aguas silenciosas de Galilea, conozco bien los sitios en que habitó ese otro intermediario divino lleno de enternecimiento y de sueños a quien llamamos Jesús, nuestro señor: en tales lugares sólo hallé aspereza, sequedad, miseria y silencio.
Jerusalén es una ciudad mahometana con turbas andrajosas, agazapada en un recinto de murallas color de lodo, hediondo al sol bajo el tañido de tristes campanas.
El Jordán, hilo de agua fangosa y lenta que se arrastra entre los arenales, no puede ser comparado a ese claro y suave Lima, que, allá abajo, en la hondonada del Mosteiro, baña las raíces de mis abedules; y sin embargo, estas hechiceras aguas portuguesas no correrán jamás entre las rodillas de un mesías, ni las rozarán las alas de los ángeles, armados y rutilantes, trayendo del cielo a la tierra las amenazas del altísimo.
