La vida del Buscon
La vida del Buscon Mas todo fue nada para ver entrar a don Cosme, cercado de muchachos con lamparones,[7] cáncer y lepra, heridos y mancos, el cual se había hecho ensalmador con unas santiguaduras y oraciones que había aprendido de una vieja.[8] Ganaba éste por todos, porque si el que venía a curarse no traía bulto debajo de la capa, no sonaba dinero en faldriquera, o no piaban algunos capones, no había lugar. Tenía asolado medio reino. Hacía creer cuanto quería, porque no ha nacido tal artífice en el mentir; tanto, que aun por descuido no decía verdad. Hablaba del Niño Jesús, entraba en las casas con Deo gracias, decía lo del «Espíritu Santo sea con todos»… Traía todo ajuar de hipócrita: un rosario con unas cuentas frisonas; al descuido hacía que se le viese por debajo de la capa un trozo de diciplina salpicada con sangre de las narices;[9] hacía creer, concomiéndose,[10] que los piojos eran silicios y que la hambre canina eran ayunos voluntarios.[11] Contaba tentaciones; en nombrando al demonio, decía «Dios nos libre y nos guarde»; besaba la tierra al entrar en la iglesia; llamábase indigno; no levantaba los ojos a las mujeres, pero las faldas sí.[12] Con estas cosas, traía el pueblo tal, que se encomendaban a él, y era como encomendarse al diablo. Porque él era jugador y lo otro: ciertos los llaman y, por mal nombre, fulleros.[13] Juraba el nombre de Dios unas veces en vano y otras en vacío.[14] ¿Pues en lo que toca a mujeres?, tenía seis hijos, y preñadas dos santeras.[15] Al fin, de los mandamientos de Dios, los que no quebraba, hendía.