La vida del Buscon
La vida del Buscon Al fin, con estas cosas, el alcaide me daba de comer y cama en su casa, y el escribano, solicitado dél y cohechado con el dinero, lo hizo tan bien, que sacaron a la vieja delante de todos en un palafrén pardo a la brida,[90] con un músico de culpas delante.[91] Era el pregón: —«¡A esta mujer, por ladrona!». Llevábale el compás en las costillas el verdugo, según lo que le habían recetado los señores de los ropones.[92] Luego seguían todos mis compañeros, en los overos de echar agua,[93] sin sombreros y las caras descubiertas. Sacábanlos a la vergüenza, y cada uno, de puro roto,[94] llevaba la suya de fuera.
Desterráronlos por seis años. Yo salí en fiado, por virtud del escribano. Y el relator no se descuidó, porque mudó tono, habló quedo y ronco, brincó razones y mascó cláusulas enteras.
De cómo tomó posada, y la desgracia que le sucedió en ella
Salí de la cárcel. Halléme solo y sin los amigos. Aunque me avisaron que iban camino de Sevilla a costa de la caridad,[1] no los quise seguir.