La vida del Buscon

La vida del Buscon

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Determinéme de ir a una posada, donde hallé una moza rubia y blanca, miradora, alegre, a veces entremetida y a veces entresacada y salida.[2] Zaceaba un poco.[3] Tenía miedo a los ratones.[4] Preciábase de manos y, por enseñarlas, siempre despabilaba las velas,[5] partía la comida en la mesa; en la iglesia, siempre tenía puestas las manos;[6] por las calles, iba enseñando siempre cuál casa era de uno y cuál de otro; en el estrado, de contino tenía un alfiler que prender en el tocado;[7] si se jugaba a algún juego, era siempre el de pizpirigaña,[8] por ser cosa de mostrar manos. Hacía que bostezaba, adrede, sin tener gana, por mostrar los dientes y hacer cruces en la boca.[9] Al fin, toda la casa tenía ya tan manoseada, que enfadaba ya a sus mismos padres.

Hospedáronme muy bien en su casa, porque tenían trato de alquilarla,[10] con muy buena ropa, a tres moradores. Fui el uno yo, el otro un portugués, y un catalán. Hiciéronme muy buena acogida.






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