La vida del Buscon

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A mí no me pareció mal la moza para el deleite, y lo otro la comodidad de hallármela en casa: di en poner en ella los ojos. Contábales cuentos que yo tenía estudiados para entretener; traíalas nuevas, aunque nunca las hubiese; servíalas en todo lo que era de balde. Díjelas que sabía encantamentos y que era nigromante, que haría que pareciese que se hundía la casa y que se abrasaba, y otras cosas que ellas, como buenas creedoras,[11] tragaron. Granjeé una voluntad en todos agradecida, pero no enamorada,[12] que, como no estaba tan bien vestido como era razón —aunque ya me había mejorado algo de ropa por medio del alcaide, a quien visitaba siempre, conservando la sangre a pura carne y pan que le comía—,[13] no hacían de mí el caso que era razón.

Di, para acreditarme de rico que lo disimulaba, en enviar a mi casa amigos a buscarme cuando no estaba en ella. Entró uno, el primero, preguntando por el señor don Ramiro de Guzmán, que así dije que era mi nombre; porque los amigos me habían dicho que no era de costa mudarse los nombres y que era útil.[14] Al fin, preguntó por don Ramiro, «un hombre de negocios rico, que hizo agora tres asientos con el Rey».[15] Desconociéronme en esto las huéspedas y respondieron que allí no vivía sino un don Ramiro de Guzmán, más roto que rico,[16] pequeño de cuerpo, feo de cara y pobre.


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