La vida del Buscon

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—Ese es —replicó— el que yo digo, y no quisiera más renta al servicio de Dios que la que tiene a más de dos mil ducados.

Contóles otros embustes, quedáronse espantadas, y él las dejó una cédula de cambio fingida, que traía a cobrar en mí,[17] de nueve mil escudos. Díjoles que me la diesen para que la acetase, y fuese.

Creyeron la riqueza la niña y la madre y acotáronme luego para marido.[18] Vine yo con gran disimulación, y, en entrando, me dieron la cédula, diciendo:

—Dineros y amor mal se encubren,[19] señor don Ramiro. ¿Cómo que nos esconda V. Md. quién es, debiéndonos tanta voluntad?

Yo hice como que me había disgustado por el dejar de la cédula y fuime a mi aposento. Era de ver cómo, en creyendo que tenía dinero, me decían que todo me estaba bien, celebraban mis palabras, no había tal donaire como el mío. Yo, que las vi tan cebadas,[20] declaréle mi voluntad a la muchacha, y ella me oyó contentísima, diciéndome mil lisonjas.


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