La vida del Buscon
La vida del Buscon Con esto, ellos quedaron ciertos del caso, y creída la mentira. Vinieron los acólitos,[46] y ya yo estaba con un tocador en la cabeza,[47] por disimular la corona y fingir la enfermedad;[48] sahuméme con paja y afeitéme de tercianas,[49] con una color de cera amarilla, y mi hábito de fraile,[50] unos antojos y mi barba,[51] que por ser atusada no desayudaba.[52] Entré muy humilde, sentéme, comenzóse el juego. Ellos levantaban bien.[53] Iban tres al mohíno, pero quedaron mohínos los tres,[54] porque yo, que sabía más que ellos, les di tal gatada que,[55] en espacio de tres horas, me llevé más de mil y trecientos reales. Di baratos[56] y, con mi «¡loado sea Nuestro Señor!», me despedí, encargándoles que no recibiesen escándalo de verme jugar,[57] que era entretenimiento y no otra cosa. Los otros, que habían perdido cuanto tenían, dábanse a mil diablos.[58] Despedíme, y salímonos fuera.