La vida del Buscon

La vida del Buscon

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Topé en un paraje una compañía de farsantes que iban a Toledo.[1] Llevaban tres carros, y quiso Dios que, entre los compañeros, iba uno que lo había sido mío del estudio, en Alcalá, y había renegado y metídose al oficio. Díjele lo que me importaba ir allá y salir de la Corte; y apenas el hombre me conocía con la cuchillada y no hacía sino santiguarse de mi per signum crucis.[2] Al fin, me hizo amistad,[3] por mi dinero, de alcanzar de los demás lugar para que yo fuese con ellos.

Íbamos barajados hombres y mujeres,[4] y una entre ellas, la bailarina, que también hacía las reinas y papeles graves en la comedia, me pareció estremada sabandija.[5] Acertó a estar su marido a mi lado, y yo, sin pensar a quien hablaba, llevado del deseo de amor y gozarla, díjele:

—A esta mujer, ¿por qué orden la podremos hablar, para gastar con su merced unos veinte escudos, que me ha parecido bien por ser hermosa?

—No me lo está a mí el decirlo, que soy su marido —dijo el hombre—, ni tratar deso; pero sin pasión, que no me mueve ninguna, se puede gastar con ella cualquier dinero, porque tales carnes no tiene el suelo,[6] ni tal juguetoncica.[7]

Y diciendo esto, saltó del carro y fuese al otro, según pareció, por darme lugar que la hablase.


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