La vida del Buscon

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Cayóme en gracia la respuesta del hombre, y eché de ver que éstos son de los que dijera algún bellaco que cumplen el preceto de San Pablo de tener mujeres como si no las tuviesen,[8] torciendo la sentencia en malicia. Yo gocé de la ocasión, habléla, y preguntóme que adonde iba y algo de mi vida. Al fin, tras muchas palabras, dejamos concertadas para Toledo las obras. Íbamonos holgando por el camino mucho.

Yo, acaso, comencé a representar un pedazo de la comedia de San Alejo, que me acordaba de cuando muchacho,[9] y representélo de suerte que les di cudicia. Y sabiendo, por lo que yo le dije a mi amigo que iba en la compañía, mis desgracias y descomodidades, díjome que si quería entrar en la danza con ellos. Encareciéronme tanto la vida de la farándula, y yo, que tenía necesidad de arrimo y me había parecido bien la moza, concertéme por dos años con el autor.[10] Hícele escritura de estar con él, y diome mi ración y representaciones.[11] Y con tanto, llegamos a Toledo.

Diéronme que estudiar tres o cuatro loas y papeles de barba,[12] que los acomodaba bien con mi voz. Yo puse cuidado en todo y eché la primera loa en el lugar. Era de una nave, de lo que son todas, que venía destrozada y sin provisión;[13] decía lo de «éste es el puerto», llamaba a la gente «senado»,[14] pedía perdón de las faltas y silencio, y entréme. Hubo un víctor de rezado,[15] y, al fin, parecí bien en el teatro.


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