La vida del Buscon
La vida del Buscon Al fin, animado con este aplauso, me desvirgué de poeta en un romancico y luego hice un entremés, y no pareció mal. Atrevíme a una comedia y, porque no escapase de ser divina cosa,[29] la hice de Nuestra Señora del Rosario. Comenzaba con chirimías, había sus ánimas de purgatorio y sus demonios, que se usaban entonces, con su «bu, bu», al salir, y «ri, ri», al entrar; caíale muy en gracia al lugar el nombre de Satán en las coplas y el tratar luego de si cayó del cielo y tal.[30] En fin, mi comedia se hizo, y pareció muy bien.
No me daba manos a trabajar,[31] porque acudían a mí enamorados, unos por coplas de cejas y otros de ojos, cuál soneto de manos y cuál romancico para cabellos. Para cada cosa tenía su precio, aunque, como había otras tiendas, porque acudiesen a la mía, hacía barato.[32]
¿Pues villancicos? Hervía en sacristanes y demandaderas de monjas;[33] ciegos me sustentaban a pura oración, ocho reales de cada una,[34] y me acuerdo que hice entonces la del Justo Juez,[35] grave y sonorosa, que provocaba a gestos.[36] Escribí para un ciego, que las sacó en su nombre, las famosas que empiezan:[37]
Madre del Verbo humanal,
Hija del Padre divino,
dame gracia virginal, etc.