La vida del Buscon

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CAPÍTULO CUARTO

De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares

Entramos en casa de don Alonso, y echáronnos en dos camas con mucho tiento, porque no se nos desparramasen los huesos de puro roídos de la hambre. Trujeron esploradores que nos buscasen los ojos por toda la cara, y a mí, como había sido mi trabajo mayor y la hambre imperial,[1] que al fin me trataban como a criado, en buen rato no me los hallaron. Trujeron médicos y mandaron que nos limpiasen con zorras el polvo de las bocas, como a retablos, y bien lo éramos de duelos.[2] Ordenaron que nos diesen sustancias y pistos.[3] ¿Quién podrá contar, a la primera almendrada y a la primera ave, las luminarias que pusieron las tripas de contento?[4] Todo les hacía novedad. Mandaron los dotores que, por nueve días, no hablase nadie recio en nuestro aposento, porque, como estaban güecos los estómagos, sonaba en ellos el eco de cualquiera palabra.

Con estas y otras prevenciones, comenzamos a volver y cobrar algún aliento, pero nunca podían las quijadas desdoblarse, que estaban magras y alforzadas;[5] y así, se dio orden que cada día nos las ahormasen con la mano del almirez.


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