La vida del Buscon

La vida del Buscon

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Levantábamonos a hacer pinicos dentro de cuarenta días y aún parecíamos sombras de otros hombres y, en lo amarillo y flaco, simiente de los Padres del yermo.[6] Todo el día gastábamos en dar gracias a Dios por habernos rescatado de la captividad del fierísimo Cabra, y rogábamos al Señor que ningún cristiano cayese en sus manos crueles. Si acaso, comiendo, alguna vez nos acordábamos de las mesas del mal pupilero, se nos aumentaba la hambre tanto, que acrecentábamos la costa aquel día.[7] Solíamos contar a don Alonso cómo, al sentarse en la mesa, nos decía males de la gula (no habiéndola él conocido en su vida). Y reíase mucho cuando le contábamos que en el mandamiento de No matarás metía perdices y capones, gallinas y todas las cosas que no quería darnos, y, por el consiguiente, la hambre, pues parecía que tenía por pecado el matarla, y aun el herirla, según regateaba el comer.[8]









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