La vida del Buscon

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Pasáronsenos tres meses en esto, y, al cabo, trató don Alonso de inviar a su hijo a Alcalá, a estudiar lo que le faltaba de la Gramática. Díjome a mí si quería ir, y yo, que no deseaba otra cosa sino salir de tierra donde se oyese el nombre de aquel malvado perseguidor de estómagos, ofrecí de servir a su hijo como vería. Y, con esto, diole un criado para ayo, que le gobernase la casa y tuviese cuenta del dinero del gasto, que nos daba remitido en cédulas para un hombre que se llamaba Julián Merluza.[9] Pusimos el hato en el carro de un Diego Monje; era una media camita, y otra de cordeles con ruedas para meterla debajo de la otra mía y del mayordomo, que se llamaba Baranda,[10] cinco colchones, ocho sábanas, ocho almohadas, cuatro tapices, un cofre con ropa blanca y las demás zarandajas de casa. Nosotros nos metimos en un coche, salimos a la tardecica,[11] una hora antes de anochecer, y llegamos a la media noche, poco más, a la siempre maldita venta de Viveros.[12]








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