La vida del Buscon

La vida del Buscon

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El ventero era morisco y ladrón, que en mi vida vi perro y gato juntos con la paz que aquel día.[13] Hízonos gran fiesta y, como él y los ministros del carretero iban horros (que ya había llegado también con el hato antes, porque nosotros veníamos de espacio)[14] pegóse al coche, diome a mí la mano para salir del estribo y díjome si iba a estudiar. Yo le respondí que sí. Metióme adentro, y estaban dos rufianes con unas mujercillas, un cura rezando al olor.[15] Un viejo mercader y avariento, procurando olvidarse de cenar, andaba esforzando sus ojos que se durmiesen en ayunas; arremedaba los bostezos, diciendo: «Más me engorda un poco de sueño que cuantos faisanes tiene el mundo». Dos estudiantes fregones, de los de mantellina, panzas al trote, andaban aparecidos por la venta para engullir.[16] Mi amo, pues, como más nuevo en la venta y muchacho, dijo:

—Señor güésped, déme lo que hubiere para mí y mis criados.

—Todos lo somos de V. Md.[17] —dijeron al punto los rufianes— y le hemos de servir. ¡Hola, güésped!, mirad que este caballero os agradecerá lo que hiciéredes. Vaciad la dispensa—. Y, diciendo esto, llegóse el uno y quitóle la capa y dijo:

—Descanse V. Md., mi señor —y púsola en un poyo.[18]

Estaba yo con esto desvanecido y hecho dueño de la venta.[19] Dijo una de las mujeres:


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