La vida del Buscon

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Llegó un rufián y puso asientos para todos y una silla para don Diego, y el otro trujo un plato. Los estudiantes dijeron:

—Cene V. Md., que, entre tanto que a nosotros nos aderezan lo que hubiere, le serviremos a la mesa.[22]

—¡Jesús! —dijo don Diego—, V. Mds. se sienten, si son servidos.

Y a esto respondieron los rufianes (no hablando con ellos):[23]

—Luego, mi señor, que aún no está todo a punto.

Yo, cuando vi a los unos convidados y a los otros que se convidaban, afligíme y temí lo que sucedió. Porque los estudiantes tomaron la ensalada, que era un razonable plato, y, mirando a mi amo, dijeron:

—No es razón que, donde está un caballero tan principal, se queden estas damas sin comer. Mande V. Md. que alcancen un bocado.

Él, haciendo del galán, convidólas. Sentáronse y, entre los dos estudiantes y ellas, no dejaron sino un cogollo, en cuatro bocados, el cual se comió don Diego. Y, al dársele, aquel maldito estudiante le dijo:

—Un agüelo tuvo V. Md., tío de mi padre, que jamás comió lechugas; y son malas para la memoria, y más de noche, y éstas no son buenas.[24]


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