La vida del Buscon

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Y, diciendo esto, sepultó un panecillo, y el otro, otro. ¿Pues las mujeres? Ya daban cuenta de un pan, y el que más comía era el cura con el mirar sólo. Sentáronse los rufianes con medio cabrito asado y dos lonjas de tocino y un par de palomas cocidas, y dijeron:

—Pues, padre, ¿ahí se está? Llegue y alcance, que mi señor don Diego nos hace merced a todos. ¡Pesia diez, la Iglesia ha de ser la primera!

No bien se lo dijeron, cuando se sentó.

Ya, cuando vio mi amo que todos se le habían encajado, comenzóse a afligir. Repartiéronlo todo y a don Diego dieron no sé qué güesos y alones, diciendo que «del cabrito el huesecito y del ave el aloncito» y que el refrán lo decía.[25] Con lo cual nosotros comimos refranes y ellos aves. Lo demás se engulleron el cura y los otros. Decían los rufianes:

—No cene mucho, señor, que le hará mal.

Y replicaba el maldito estudiante:

—Y más, que es menester hacerse a comer poco para la vida de Alcalá.[26]

Yo y el otro criado estábamos rogando a Dios que les pusiese en corazón que dejasen algo. Y ya que lo hubieron comido todo, y que el cura repasaba los güesos de los otros, volvió el un rufián y dijo:

—¡Oh, pecador de mí! No habernos dejado nada a los criados. Vengan aquí V. Mds. ¡Ah, señor güésped!, déles todo lo que hubiere; vea aquí un doblón.


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