La vida del Buscon

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Los rufianes hicieron la cuenta, y vino a montar, de cena sólo, treinta reales,[34] que no entendiera Juan de Leganés la suma.[35] Decían los estudiantes:

—No pide más un ochavo.[36]

Y respondió un rufián:

—No, si no, burlárase con este caballero delante de nosotros; aunque ventero, sabe lo que ha de hacer. Déjese V. Md. gobernar, que en mano está.[37]

Y, tosiendo, cogió el dinero, contólo y, sobrando del que sacó mi amo cuatro reales, los asió, diciendo:

—Éstos, le daré de posada, que a estos pícaros con cuatro reales se les tapa la boca.

Quedamos sustados con el gasto.[38] Almorzamos un bocado, y el viejo tomó sus alforjas y, porque no viésemos lo que sacaba y no partir con nadie, desatólas a escuras debajo del gabán; y, agarrando un yesón, echósele en la boca y fuele a hincar una muela y medio diente que tenía, y por poco los perdiera. Comenzó a escupir y hacer gestos de asco y de dolor; llegamos todos a él, y el cura el primero, diciéndole que qué tenía. Empezóse a ofrecer a Satanás. Dejó caer las alforjas. Llegóse a él el estudiante y dijo:

—¡Arriedro vayas, cata la cruz![39]


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