La vida del Buscon

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Destapéme por ver lo que era, y, al mismo tiempo, el que daba las voces me enclavó un gargajo en los dos ojos.[15] Aquí se han de considerar mis angustias. Levantó la infernal gente una grita que me aturdieron. Y yo, según lo que echaron sobre mí de sus estómagos, pensé que, por ahorrar de médicos y boticas, aguardan nuevos para purgarse.

Quisieron tras esto darme pescozones, pero no había dónde sin llevarse en las manos la mitad del afeite de mi negra capa,[16] ya blanca por mis pecados. Dejáronme, y iba hecho zufaina de viejo a pura saliva.[17] Fuime a casa, que apenas acerté, y fue ventura el ser de mañana, pues sólo topé dos o tres muchachos, que debían de ser bien inclinados, porque no me tiraron más de cuatro u seis trapajos y luego me dejaron.[18] Entré en casa, y el morisco que me vio, comenzóse a reír y a hacer como que quería escupirme. Yo, que temí que lo hiciese, dije:

—Tené, güésped, que no soy Ecce-Homo.[19]

Nunca lo dijera, porque me dio dos libras de porrazos, dándome sobre los hombros con las pesas que tenía. Con esta ayuda de costa, medio derrengado, subí arriba, y, en buscar por dónde asir la sotana y el manteo para quitármelos,[20] se pasó mucho rato. Al fin, le quité y me eché en la cama, y colguélo en una azutea.


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