La vida del Buscon
La vida del Buscon Vino mi amo y, como me halló durmiendo y no sabía la asquerosa aventura, enojóse y comenzó a darme repelones con tanta prisa, que, a dos más, despierto calvo. Levantéme dando voces y quejándome, y él, con más cólera, dijo:
—¿Es buen modo de servir ése, Pablos?[21] Ya es otra vida.
Yo, cuando oí decir «otra vida», entendí que era ya muerto, y dije:
—Bien me anima V. Md. en mis trabajos.[22] Vea cuál está aquella sotana y manteo, que ha servido de pañizuelo a las mayores narices que se han visto jamás en paso,[23] y mire estas costillas.
Y con esto, empecé a llorar. Él, viendo mi llanto, creyólo, y, buscando la sotana y viéndola, compadecióse de mí, y dijo:
—Pablo, abre el ojo, que asan carne.[24] Mira por ti, que aquí no tienes otro padre ni madre.
Contéle todo lo que había pasado, y mandóme desnudar y llevar a mi aposento, que era donde dormían cuatro criados de los güéspedes de casa.