La vida del Buscon

La vida del Buscon

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Acostéme y dormí; y con esto, a la noche, después de haber comido y cenado bien, me hallé fuerte y ya como si no hubiera pasado por mí nada. Pero, cuando comienzan desgracias en uno, parece que nunca se han de acabar, que andan encadenadas, y unas traían a otras.[25] Viniéronse a acostar los otros criados y, saludándome todos, me preguntaron si estaba malo y cómo estaba en la cama. Yo les conté el caso y, al punto, como si en ellos no hubiera mal ninguno, se empezaron a santiguar, diciendo:

—No se hiciera entre luteranos. ¿Hay tal maldad?[26]

Otro decía:

—El retor tiene la culpa en no poner remedio.[27] ¿Conocerá los que eran?

Yo respondí que no, y agradecíles la merced que me mostraban hacer. Con esto, se acabaron de desnudar, acostáronse, mataron la luz, y dormíme yo, que me parecía que estaba con mi padre y mis hermanos.

Debían de ser las doce, cuando el uno dellos me despertó a puros gritos, diciendo:

—¡Ay, que me matan! ¡Ladrones!

Sonaban en su cama, entre estas voces, unos golpazos de látigo. Yo levanté la cabeza y dije:

—¿Qué es eso?


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