La vida del Buscon

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Y apenas la descubrí, cuando con una maroma me asestaron un azote con hijos en todas las espaldas.[28] Comencé a quejarme; quíseme levantar; quejábase el otro también; dábanme a mí sólo. Yo comencé a decir:

—¡Justicia de Dios!

Pero menudeaban tanto los azotes sobre mí, que ya no me quedó (por haberme tirado las frazadas abajo)[29] otro remedio sino el de meterme debajo de la cama. Hícelo así, y, al punto, los tres que dormían empezaron a dar gritos también. Y como sonaban los azotes, yo creí que alguno de fuera nos daba a todos.

Entre tanto, aquel maldito que estaba junto a mí se pasó a mi cama y proveyó en ella y cubrióla,[30] volviéndose a la suya. Cesaron los azotes, y levantáronse con grandes gritos todos cuatro, diciendo: —«Es gran bellaquería, y no ha de quedar así». Yo todavía me estaba debajo de la cama, quejándome como perro cogido entre puertas,[31] tan encogido que parecía galgo con calambre. Hicieron los otros que cerraban la puerta, y yo entonces salí de donde estaba y subíme a mi cama, preguntando si acaso los habían hecho mal. Todos se quejaban de muerte.


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