La vida del Buscon

La vida del Buscon

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Acostéme y cubríme y torné a dormir; y como, entre sueños, me revolcase, cuando desperté, halléme proveído y hecho una necesaria.[32] Levantáronse todos, y yo tomé por achaque los azotes para no vestirme.[33] No había diablos que me moviesen de un lado. Estaba confuso, considerando si acaso, con el miedo y la turbación, sin sentirlo, había hecho aquella vileza, o si entre sueños. Al fin, yo me hallaba inocente y culpado, y no sabía cómo disculparme.

Los compañeros se llegaron a mí, quejándose y muy disimulados, a preguntarme cómo estaba. Yo les dije que muy malo, porque me habían dado muchos azotes. Preguntábales yo que qué podía haber sido, y ellos decían:

—A fe que no se escape, que el matemático nos lo dirá.[34] Pero, dejando esto, veamos si estáis herido, que os quejábades mucho.

Y diciendo esto, fueron a levantar la ropa con deseo de afrentarme. En esto, mi amo entró diciendo:

—¿Es posible, Pablos, que no he de poder contigo? Son las ocho, ¿y estáste en la cama? ¡Levántate enhoramala!

Los otros, por asegurarme,[35] contaron a don Diego el caso todo y pidiéronle que me dejase dormir. Y decía uno:

—Y si V. Md. no lo cree, levantá, amigo.


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