La vida del Buscon

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Y agarraba de la ropa. Yo la tenía asida con los dientes por no mostrar la caca. Y cuando ellos vieron que no había remedio por aquel camino, dijo uno:

—¡Cuerpo de Dios, y cómo hiede!

Don Diego dijo lo mismo, porque era verdad, y luego, tras él, todos comenzaron a mirar si había en el aposento algún servicio.[36] Decían que no se podía estar allí. Dijo uno:

—¡Pues es muy bueno esto para haber de estudiar!

Miraron las camas, y quitáronlas para ver debajo, y dijeron:

—Sin duda debajo de la de Pablos hay algo; pasémosle a una de las nuestras, y miremos debajo della.

Yo, que veía poco remedio en el negocio y que me iban a echar la garra, fingí que me había dado mal de corazón.[37] Agarréme a los palos, hice visajes;[38] ellos, que sabían el misterio, apretaron conmigo, diciendo: —«¡Gran lástima!». Don Diego me tomó el dedo del corazón y, al fin, entre los cinco me levantaron. Y al alzar las sábanas, fue tanta la risa de todos, viendo los recientes, no ya palominos, sino palomos grandes, que se hundía el aposento.[39]

—¡Pobre dél! —decían los bellacos (yo hacía del desmayado)—; tírele V. Md. mucho de ese dedo del corazón.[40]


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