La vida del Buscon
La vida del Buscon Cuadróle al corregidor la traza, con la cudicia de la prisión. En esto llegamos cerca, y el corregidor, advertido, mandó que debajo de unas yerbas pusiesen todos las espadas escondidas en un campo que está enfrente casi de la casa; pusiéronlas y caminaron. Yo, que había avisado al otro que ellos dejarlas y él tomarlas y pescarse a casa fuese todo uno, hízolo así.[56] Y, al entrar todos, quedéme atrás el postrero y, en entrando ellos mezclados con otra gente que entraba, di cantonada y emboquéme por una callejuela que va a dar a la Vitoria,[57] que no me alcanzara un galgo.
Ellos, que entraron y no vieron nada, porque no había sino estudiantes y pícaros (que es todo uno), comenzaron a buscarme y, no hallándome, sospecharon lo que fue; y yendo a buscar sus espadas, no hallaron media.