La vida del Buscon
La vida del Buscon ¿Quién contara las diligencias que hizo con el retor el corregidor?[58] Aquella noche anduvieron todos los patios, reconociendo las caras y mirando las armas. Llegaron a casa, y yo, porque no me conociesen, estaba echado en la cama con un tocador y con una vela en la mano y un cristo en la otra,[59] y un compañero clérigo ayudándome a morir, y los demás rezando las letanías. Llegó el retor y la justicia y, viendo el espectáculo, se salieron, no persuadiéndose que allí pudiera haber habido lugar para cosa. No miraron nada, antes el retor me dijo un responso. Preguntó si estaba ya sin habla, y dijéronle que sí; y, con tanto, se fueron desesperados de hallar rastro, jurando el retor de remitirle si le topasen,[60] y el corregidor de ahorcarle fuese quien fuese.[61] Levantéme de la cama, y hasta hoy no se ha acabado de solenizar la burla en Alcalá.[62]
Y, por no ser largo, dejo de contar cómo hacía monte la plaza del pueblo,[63] pues de cajones de tundidores y plateros y mesas de fruteras (que nunca se me olvidara la afrenta de cuando fui rey de gallos) sustentaba la chimenea de casa todo el año. Callo las pinsiones que tenía sobre los habares, viñas y güertos en todo aquello de alrededor.[64] Con estas y otras cosas, comencé a cobrar fama de travieso y agudo entre todos. Favorecíanme los caballeros y apenas me dejaban servir a don Diego, a quien siempre tuve el respeto que era razón por el mucho amor que me tenía.