La vida del Buscon
La vida del Buscon »HÃzose asÃ. Encomendóme que le pusiese la caperuza de lado y que le limpiase las barbas. Yo lo hice asÃ. Cayó sin encoger las piernas ni hacer gesto; quedó con una gravedad que no habÃa más que pedir. HÃcele cuartos y dile por sepoltura los caminos.[16] Dios sabe lo que a mà me pesa de verle en ellos, haciendo mesa franca a los grajos.[17] Pero yo entiendo que los pasteleros desta tierra nos consolarán, acomodándole en los de a cuatro.[18]
»De vuestra madre, aunque está viva agora, casi os puedo decir lo mismo, porque está presa en la Inquisición de Toledo, porque desenterraba los muertos sin ser murmuradora.[19] Halláronla en su casa más piernas, brazos y cabezas que en una capilla de milagros.[20] Y lo menos que hacÃa era sobrevirgos y contrahacer doncellas.[21] Dicen que representará en un auto el dÃa de la Trinidad, con cuatrocientos de muerte.[22] Pésame que nos deshonra a todos, y a mà principalmente, que, al fin, soy ministro del Rey, y me están mal estos parentescos.
»Hijo, aquà ha quedado no sé qué hacienda escondida de vuestros padres; será en todo hasta cuatrocientos ducados. Vuestro tÃo soy y lo que tengo ha de ser para vos. Vista ésta, os podéis venir aquÃ, que, con lo que vos sabéis de latÃn y retórica, seréis singular en el arte de verdugo.[23] Respondedme luego, y, entre tanto, Dios os guarde».