La vida del Buscon
La vida del Buscon —¡Qué! ¡No son aves! —dijo volviéndose a m×. Mire V. Md. lo que es no saber. Déme los asadores, que no los quiero sino para esgrimir; que quizá le valdrá más lo que me viere hacer hoy, que todo lo que ha ganado en su vida.
En fin, los asadores estaban ocupados, y hubimos de tomar dos cucharones. No se ha visto cosa tan digna de risa en el mundo. Daba un salto y decÃa:
—Con este compás alcanzo más y gano los grados del perfil.[42] Ahora me aprovecho del movimiento remiso para matar el natural.[43] Ésta habÃa de ser cuchillada; y éste, tajo.[44]
No llegaba a mà desde una legua y andaba alrededor con el cucharón; y, como yo me estaba quedo, parecÃan tretas contra olla que se sale.[45] DÃjome al fin:
—Esto es lo bueno, y no las borracherÃas que enseñan estos bellacos maestros de esgrima, que no saben sino beber.
No lo habÃa acabado de decir, cuando de un aposento salió un mulatazo mostrando las presas,[46] con un sombrero enjerto en guardasol y un coleto de ante debajo de una ropilla suelta y llena de cintas,[47] zambo de piernas a lo águila imperial,[48] la cara con un per signum crucis de inimicis suis,[49] la barba de ganchos con unos bigotes de guardamano,[50] y una daga con más rejas que un locutorio de monjas.[51] Y, mirando al suelo, dijo: