La vida del Buscon

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Yo confieso la verdad: que, aunque me holgaba de oírle, tuve miedo a tantos versos malos y así comencé a echar la plática a otras cosas.[33] Decíale que veía liebres, y él saltaba: —«Pues empezaré por uno donde la comparo a ese animal»; y empezaba luego. Y yo, por divertirle,[34] decía: —«¿No ve V. Md. aquella estrella que se ve de día?». A lo cual, dijo: —«En acabando éste, le diré el soneto treinta, en que la llamo estrella;[35] que no parece sino que sabe los intentos dellos».[36]














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