La vida del Buscon

La vida del Buscon

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Afligíme tanto con ver que no podía nombrar cosa a quél no hubiese hecho algún disparate, que, cuando vi que llegábamos a Madrid, no cabía de contento, entendiendo que de vergüenza callaría; pero fue al revés, porque, por mostrar lo que era, alzó la voz en entrando por la calle. Yo le supliqué que lo dejase, poniéndole por delante que, si los niños olían poeta, no quedaría troncho que no se viniese por sus pies tras nosotros, por estar declarados por locos en una premática que había salido contra ellos de uno que lo fue y se recogió a buen vivir.[37] Pidióme que se la leyese si la tenía, muy congojado. Prometí de hacerlo en la posada. Fuímonos a una, donde él se acostumbraba apear, y hallamos a la puerta más de doce ciegos. Unos le conocieron por el olor, y otros por la voz. Diéronle una barahúnda de bienvenido; abrazólos a todos, y luego empezaron unos a pedirle oración para el Justo Juez en verso grave y sonoro, tal que provocase a gestos;[38] otros pidieron de las ánimas. Y por aquí discurrió, recibiendo ocho reales de señal de cada uno. Despidiólos y díjome:

—Más me han de valer de trecientos reales los ciegos,[39] y así, con licencia de V. Md., me recogeré agora un poco para hacer alguna dellas, y, en acabando de comer, oiremos la premática.

¡Oh vida miserable! Pues ninguna lo es más que la de los locos que ganan de comer con los que lo son.[40]


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