La vida del Buscon

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Proseguí diciendo que por estorbar los grandes hurtos, mandábamos que no se pasasen coplas de Aragón a Castilla, ni de Italia a España,[22] so pena de andar bien vestido el poeta que tal hiciese y, si reincidiese, de andar limpio un hora. Esto le cayó muy en gracia, porque traía él una sotana con canas, de puro vieja, y con tantas cazcarrias,[23] que, para enterrarle, no era menester más de estregársela encima. El manteo,[24] se podían estercolar con él dos heredades.

Y así, medio riendo, le dije que mandaban también tener entre los desesperados que se ahorcan y despeñan y que, como a tales,[25] no las enterrasen en sagrado, a las mujeres que se enamoran de poeta a secas.[26] Y que, advirtiendo a la gran cosecha de redondillas, canciones y sonetos que había habido en estos años fértiles, mandaban que los legajos que por sus deméritos escapaban de las especerías fuesen a las necesarias sin apelación.[27] Y, por acabar, llegué al postrer capítulo, que decía así:






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