La vida del Buscon

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Al fin, ya eran las dos, y, como era forzoso el camino, salimos de Madrid. Yo me despedí dél, aunque me pesaba, y comencé a caminar para el puerto.[47] Quiso Dios que, porque no fuese pensando en mal, me topase con un soldado. Iba en cuerpo y en alma:[48] el cuello en el sombrero, los calzones vueltos, la camisa en la espada, la espada al hombro, los zapatos en la faldriquera, alpargates y medias de lienzo,[49] sus frascos en la pretina y un poco de órgano en cajas de hoja de lata para papeles.[50] Luego trabamos plática.[51] Preguntóme si venía de la Corte. Dije que de paso había estado en ella.

—No está para más —dijo luego—, que es pueblo para gente ruin. Más quiero, ¡voto a Cristo!, estar en un sitio, la nieve a la cinta,[52] hecho un reloj,[53] comiendo madera, que sufriendo las supercherías que se hacen a un hombre de bien.[54] Y en llegando a ese lugarcito del diablo, nos remiten a la sopa y al coche de los pobres en San Felipe,[55] donde cada día, en corrillos, se hace Consejo de Estado y guerra en pie y desabrigada.[56] Y en vida nos hacen soldados en pena por los cimenterios;[57] y, si pedimos entretenimiento, nos envían a la comedia, y, si ventajas, a los jugadores.[58] Y, con esto, comidos de piojos y güéspedas, nos volvemos en este pelo a rogar a los moros y herejes con nuestros cuerpos.[59]


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