Los suenos
Los suenos —Dejen pasar los boticarios.
—¿Boticarios pasan? —dije yo entre mĂ—. Al infierno vamos.
Y fue asĂ, porque al punto nos hallamos dentro por una puerta como de ratonera, fácil de entrar y imposible de salir. Y fue de ver que nadie en todo el camino dijo «Al infierno vamos», y todos, estando en Ă©l, dijeron muy espantados: «En el infierno estamos».
—¿En el infierno? —dije yo muy afligido—. No puede ser.
Y quĂselo poner a pleito. ComencĂ©me a lamentar de las cosas que dejaba en el mundo, los parientes, los amigos, los conocidos, las damas, y estando llorando esto, volvĂ la cara hacia el mundo y vi venir por el mismo camino despeñándose a todo correr cuanto habĂa conocido allá, poco menos. ConsolĂ©me algo en ver esto, y que segĂşn se daban prisa a llegar al infierno, estarĂan conmigo presto. ComenzĂłseme a hacer áspera la morada y desapacibles los zaguanes. Fui entrando poco a poco entre unos sastres que se me llegaron, que iban medrosos de los diablos. En la primera entrada hallamos siete demonios escribiendo los que Ăbamos entrando. Preguntáronme mi nombre, dijele y pasĂ©; llegaron a mis compañeros y dijeron que eran sastres; y dijo uno de los diablos:
—Deben entender los sastres en el mundo que no se hizo el infierno sino para ellos, según se vienen por acá.