Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara HabÃa algo en su tono, o quizás en sus propios recuerdos, o en todo este misterio, que prometÃa una revelación, revelación que temÃa perderse por culpa de la precipitada venganza del italiano.
—¿De qué se trata, ser misterioso? ¿Qué queréis revelar? ¿O a quién creéis interesado en vuestras revelaciones?
—A vos mismo, prÃncipe. Parece que me tenéis a vuestra merced. ¿A qué viene, entonces, la cobarde prisa de este perro veneciano? Yo soy uno, vosotros sois muchos. Conducidme, pues, afuera y matadme. Pero eso no sucederá; entré libre en esta sala, y libre saldré de ella. Si he de morir, moriré como un soldado. Eso es lo que soy y no un fugado de tierras extranjeras, ni —añadió volviéndose hacia Adorni— un vil esbirro.
—Pero sà un vil asesino —gritó Adorni—, sà un asesino, y con las manos aún manchadas de sangre inocente.
—Sangre, Adorni, que aún he de vengar. PrÃncipe, exigÃs conocer la naturaleza de mis revelaciones. Revelaré mi nombre, rango y misión.
—¿A quién?
—A vos, y a nadie más. Y como prueba de la sinceridad de mis revelaciones, antes que nada os comunicaré un terrible secreto, que sólo conocÃa, como inocentemente cree, Su Alteza, prÃncipe. ¡PrÃncipe! ¿Os atrevéis a escuchar mis revelaciones?