Klosterheim o La Mascara

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Abrumada por la desgracia de su pérdida irreparable y el dolor prematuro que había arruinado sus tempranas esperanzas, Paulina buscó refugio en la soledad y consuelo en la religión. En el convento había encontrado un hogar. Las ceremonias de su servicio Católico Romano se realizaban con la solemnidad y pompa adecuadas a sus cuantiosas donaciones. El mismo emperador, al igual que varios de sus antepasados, había sido un generoso benefactor del establecimiento. En consecuencia, una dama de su alcurnia, recomendada especialmente por el emperador a la atención de la abadesa, tenía asegurada toda la amabilidad y cortesía que se pudiera ofrecer para mitigar su dolor. La abadesa, aunque fanática, era un ser humano, con fuertes sentimientos humanitarios, y estaba encantada con Doña Paulina. Por un lado, su orgullo como cabeza de la orden religiosa se sentía halagado por la extrema regularidad con que Doña Paulina atendía a los ritos de la casa; este ejemplo de obediencia y espiritualidad parecía especialmente edificante en una persona de rango tan distinguido. Por otro lado, sus sentimientos femeninos estaban conmovidos ante el espectáculo de un dolor tan temprano e inmerecido en persona de virtudes tan destacadas, como eran su extraordinaria belleza y la agradable dulzura de su carácter. En consecuencia, ofreció enseguida a la joven condesa todas las atenciones y muestras de compasión que sus hábitos de retiro le permitían, y toda clase de indulgencia compatible con el espíritu de la institución.


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