Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara Todo el convento, monjas y huéspedes, imitaban a la abadesa, y competían sus atenciones hacia Paulina. Pero la joven, aunque agradecía sus atenciones, seguía rehuyendo toda relación con la sociedad de su entorno. Atendía puntualmente a maitines y vísperas, e incluso a menudo al servicio de medianoche, pero el abatimiento estaba demasiado arraigado en su corazón para permitirle participar en las distracciones o integrarse en el ambiente social que el convento ofrecía esos días.
A muchos nobles forasteros se les había permitido alojarse en el convento. La abadesa tenía lazos de sangre con algunos de ellos y de vieja amistad con otros. La mayor parte de estos nobles formaban un grupo aparte dentro de la comunidad, pues se dedicaban a las actividades y distracciones propias de su rango y categoría, y que por su naturaleza mundana excluían la participación de los miembros de la institución. Paulina recibía con frecuencia invitaciones para reunirse con ellos, pero las rechazaba con tal firmeza que al final cesaron todos los esfuerzos por apartarla del retiro que tan decididamente había escogido. Los motivos de su abatimiento se conocieron pronto en todo el convento y, dada su negativa a hacer vida social y su creciente devoción, se comentaba que Doña Paulina tomaría pronto los hábitos.