Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara Entre los forasteros había uno, una dama madura lo bastante bella como para llamar la atención de todo el que la miraba, que parecía observar a Paulina con un interés que iba más allá de la curiosidad o la simple admiración. Se podía pensar que la tristeza era el lazo común que las unía, pues corrían rumores entre la hermandad de Santa Inés de que aquella dama había padecido sufrimientos mucho mayores de los que cabría esperar del desarrollo de una guerra como la que ahora asolaba Alemania. Decían que su marido, de quien sólo se sabía que era un oficial de alto rango, había muerto violentamente, y que una hija, la única de los dos o tres hijos que aún le quedaban, le había sido arrebatada cuando aún era niña sin dejar rastro de su posterior destino. A estas desgracias había que añadir la pérdida de sus posesiones y rango, que le habían usurpado de algún modo misterioso, según se creía los opresores, enardecidos por la guerra y la política de alianzas. Se decía que incluso su propia manutención y la de unos cuantos fieles sirvientes se la debía a la bondad de la abadesa, a quien la unía una antigua amistad.