Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara Los jardines de Santa Inés eran extensos. A Paulina le faltaban aún doscientos metros para alcanzar el claustro, cuando divisó un oscuro objeto que se movía furtivamente por la orilla de un pequeño estanque que bordeaba a intervalos el paseo, y que estaba rodeado de espesos arbustos en los tramos que se adentraban en el parque. Paulina se detuvo y observó la figura, que pronto reconoció como la de un hombre. Andaba erguido y se agachaba de vez en cuando tras los arbustos. Era evidente que no quería huir, ya que el mejor camino para escapar estaba en dirección contraria. También era probable que la estuviera vigilando, por la forma en que parecía adecuar sus movimientos a los de ella. Al fin, cuando Paulina dudaba ya perpleja si seguir adelante o volver hacia la casa del portero, la figura se ocultó rápidamente entre los arbustos más espesos y dejó libre el camino. Paulina aprovechó el momento y, con el corazón palpitante, corrió hacia el claustro.
Ya había recorrido casi la mitad del camino sin contratiempos, cuando, de repente, una poderosa mano la cogió del hombro.
—¡Deteneos, señora! —dijo una voz ronca y profunda—. ¡Deteneos! No os voy a hacer daño. Quizás le traiga a su señoría buenas noticias.
—Pero, ¿por qué aquí? —exclamó Paulina—. ¿Por que me asustáis así? ¡Cielos! Vuestra mirada es salvaje y feroz… Decidme: ¿Queréis dinero?