Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara La afluencia de gente se prolongó por espacio de dos horas. El palacio y el refectorio del convento estaban ahora llenos de luces y máscaras espléndidas; en los pasillos y corredores sonaba la música, y, aunque todos corazones palpitaban de miedo e inquietud, no faltaban las expresiones de alegrÃa y placer festivo. De momento, todo estaba en calma en torno a este volcán dormido.
De pronto, el conde St. Aldenheim, que estaba cruzado de brazos y vigilaba el brillante espectáculo, sintió que alguien le tocaba la mano, que era la señal convenida por los conspiradores. Se volvió y reconoció a su amigo el barón de Adelort, que lo saludó con estas tres palabras enfáticas:
—¡Nos han traicionado! —y luego, tras una pausa—: Seguidme.
St. Aldenheim se abrió paso entre la esplendorosa multitud y siguió a su guÃa hasta uno de los corredores más apartados.
—No temáis que nos vigilen —dijo el otro—. Nuestro poderoso enemigo ya no necesita vigilarnos. Ha triunfado. Todas las vÃas de fuga están cerradas y aseguradas contra nosotros; todas las salidas del palacio están ocupadas por las tropas del Landgrave. Ninguno de los nuestros saldrá vivo.
—¡Dios no quiera que seamos tan necios! Bromeáis, amigo mÃo.