Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara —¡Ojalá fuese asÃ! Mi información está confirmada. He oÃdo algo accidentalmente, me han dicho algo, y he visto algo. Asà que venid conmigo, conde, y ved lo que os voy a enseñar. Luego, juzgad vos mismo.
A continuación, llevó al conde de St. Aldenheim por un pequeño circuito de pasillos hasta una puerta por la que accedieron a un salón de enormes proporciones. A juzgar por los catafalcos e imágenes distribuidas a lo largo de sus paredes, parecÃa que se trataba de la antecapilla de Santa Inés. Asà era, en efecto. Unas luces mortecinas brillaban débilmente en la oscuridad de esta enorme estancia, colocadas, de acuerdo con el rito católico, en el altar del santo. Pero, aunque débil, la luz era lo bastante intensa para mostrar en el centro un andamiaje cubierto de telas negras. A los pies se marcaban los contornos de un escenario rodeado de una valla, un tocón de madera y demás instrumentos para la solemnidad de una ejecución pública, mientras que el serrÃn que habÃa a sus pies indicaba el lugar donde debÃan caer las cabezas.
—¿Subimos y ensayamos nuestro papel? —preguntó el conde—. Pues tengo para mà que todo está listo, a excepción del verdugo y los espectadores. ¡Ojalá se llevase el diablo a este salvaje rufián!