Klosterheim o La Mascara
Klosterheim o La Mascara Donde más gente había era en la gran plaza, a la que daba el antiguo palacio almenado o schloss, así como el principal convento de la ciudad, y donde estaba el punto de reunión de muchos espíritus turbulentos. La mayoría de éstos eran hombres jóvenes, y entre ellos numerosos estudiantes universitarios: pues la guerra, que había reducido o hecho desaparecer totalmente algunas de las mejores universidades de Alemania, bajo las singulares circunstancias del momento, había incrementado enormemente la de Klosterheim. A juzgar por la tendencia dominante y algunas expresiones fortuitas que se oían de vez en cuando, cualquier forastero podría conjeturar que la multitud no se ocupaba en vanas lamentaciones de males inminentes, sino que se preparaba seriamente para afrontarlos o repararlos. Un oficial de cierta graduación los había estado observando durante algún tiempo desde los viejos portales del palacio. Es probable, sin embargo, que no le llegaran más que sus gestos, pues al rato se acercó y se fue metiendo poco a poco entre la multitud, con el aire de aquél cuyo único interés en los actos es el de la simple curiosidad. Pero su porte marcial y su uniforme no le permitieron disimular su propósito. Con algo más de tiempo y de cuidado para tomar precauciones podría haber pasado por un espectador indiferente. Tal como estaban las cosas, su sable adornado con joyas, la pesada cadena de oro, colgando de un costoso botón y lazo que la sujetaban hasta la mitad de la espalda, y su ancha bufanda escarlata, bordada con especial brillantez, le delataban como uno de los oficiales favoritos del Landgrave, cuyos ambiciosos proyectos y el modo tiránico en que los llevaba a cabo eran en ese momento objeto de la repulsa general en Klosterheim. Su propia apariencia corroboraba el servicio que había adoptado. Era un hombre corpulento, de figura algo elegante, entre treinta y tres o treinta y cuatro años de edad, aunque quizás uno o dos podían deberse a los efectos bronceadores del sol y del viento. En su aire y en su comportamiento denunciaba a simple vista la mezcla de indolencia y serenidad de la educación militar; y por sus facciones regulares y extraordinariamente inteligentes, podría considerársele, en su conjunto, un hombre de aspecto encantador de no ser por lo repulsivo de su mirada, en la que había una siniestra expresión de falsedad y, en ocasiones, de feroz violencia.
