Anaconda
Anaconda —¿Usted, comerciante? —exclamé con viva sorpresa dirigiéndome a Gómez Alcain—. ¡SerÃa digno de verse! ¿Y cómo harÃa usted?
Estábamos detenidos con el escultor ante una figura de mármol, una tarde de exposición de sus obras. Todas las miradas del grupo expresaron la misma risueña certidumbre de que en efecto debÃa ser muy curioso el ejercicio comercial de un artista tan reconocidamente inútil para ello como Gómez Alcain.
—Lo cierto es —repuso éste, con un cierto orgullo— que ya lo he sido dos veces; y mi mujer también —añadió señalándola.
Nuestra sorpresa subió de punto:
—¿Cómo, señora, usted también? ¿QuerrÃa decirnos cómo hizo? Porque…
La joven se reÃa también de todo corazón.
—SÃ, yo también vendÃa… Pero Héctor les puede contar mejor que yo… Él se acuerda de todo.
—¡Desde luego! Si creen ustedes que puede tener interés…
—¿Interés, el comercio ejercido por usted? —exclamamos todos—. ¡Cuente enseguida!
Gómez Alcain nos contó entonces sus dos episodios comerciales, bastante ejemplares, como se verá.
