Cuentos de amor de locura y de muerte
Cuentos de amor de locura y de muerte Las circunstancias anormales por que pasaba el paÃs con la sequÃa de cuatro meses –y es preciso saber lo que esto supone en Misiones–, hacÃan que los perros de los peones, ya famélicos en tiempo de abundancia, llevaran sus pillajes nocturnos a un grado intolerable. En pleno dÃa, Cooper habÃa tenido ocasión de perder tres gallinas, arrebatadas por los perros hacia el monte. Y si se recuerda que el ingenio de un poblador haragán llega hasta enseñar a sus cachorros esta maniobra para aprovecharse ambos de la presa, se comprenderá que Cooper perdiera la paciencia, descargando irremisiblemente su escopeta sobre todo ladrón nocturno. Aunque no usaba sino perdigones, la lección era asimismo dura.
Asà una noche, en el momento que se iba a acostar, percibió su oÃdo alerta el ruido de las uñas enemigas, tratando de forzar el tejido de alambre. Con un gesto de fastidio descolgó la escopeta, y saliendo afuera vio una mancha blanca que avanzaba dentro del patio. Rápidamente hizo fuego, y a los aullidos traspasantes del animal con las patas traseras a la rastra, tuvo un fugitivo sobresalto, que no pudo explicar. Llegó hasta el lugar, pero el perro habÃa desaparecido ya, y entró de nuevo en la casa.
–¿Qué fue, papá? –le preguntó desde la cama su hija– ¿Un perro?
–Sà –repuso Cooper colgando la escopeta–. Le tiré un poco de cerca…