Cuentos de amor de locura y de muerte
Cuentos de amor de locura y de muerte Candiyú vive todavía en la costa del Paraná, desde hace treinta años; y si su hígado es aún capaz de eliminar cualquier cosa después del último ataque de la fiebre en diciembre pasado, debe vivir aún unos meses más. Pasa ahora los días sentado en su catre de varas, con el sombrero puesto. Sólo sus manos, lívidas zarpas veteadas de verde que penden inmensas de las muñecas, como proyectadas en primer término de una fotografía, se mueven monótonamente sin cesar, con temblor de loro implume.
Pero en aquel tiempo, Candiyú era otra cosa. Tenía En entonces por oficio honorable el cuidado de un bananal ajeno, y, poco menos lícito, el de pescar vigas. Normalmente, y sobre todo en época de creciente, derivan vigas escapadas de los obrajes, bien que se desprendan de una jangada en formación, bien que un peón bromista corte de un machetazo la soga que las retiene. Candiyú era poseedor de un anteojo telescopado, y pasaba las mañanas apuntando al agua, hasta que la línea blanquecina de una viga, destacándose en la punta de Itacurubí, lo lanzaba en su canoa al encuentro de la presa. Vista la viga a tiempo, la empresa no es extraordinaria, porque la pala de un hombre de coraje, recostado
o halando de una pieza de diez por cuarenta, vale cualquier remolcador… Allá en el obraje de Castelhum, más arriba de Puerto Felicidad, las lluvias