Cuentos de amor de locura y de muerte
Cuentos de amor de locura y de muerte –Ni una palabra… –murmuré aturdido, tan aturdido como puede estarlo un adolescente que a la salida del teatro ve a la primera gran actriz que desde la penumbra del coche mantiene abierta hacia él la portezuela… Pero yo tenÃa ya casi treinta años, y pregunté al médico qué explicación se podÃa dar de eso.
–¿Explicación? Ninguna. Ni la más mÃnima. ¿Qué quiere usted que se sepa de eso? Ah, bueno… Si quiere una a toda costa, supóngase que en una tierra hay un millón, dos millones de semillas distintas, como en cualquier parte. Viene un terremoto, remueve como un demonio todo eso, tritura el resto, y brota una semilla, una cualquiera, de arriba o del fondo, lo mismo da. Una planta magnÃfica… ¿Le basta eso? No podrÃa decirle una palabra más. ¿Por qué usted, precisamente, que apenas la conoce, y a quien la enferma no conoce tampoco más, ha sido en su cerebro delirante la semilla privilegiada? ¿Qué quiere que se sepa de esto?
–Sin duda… –repuse a su mirada siempre interrogante, sintiéndome al mismo tiempo bastante enfriado al verme convertido en sujeto gratuito de divagación cerebral, primero, y en agente terapéutico, después.
En ese momento entró Luis MarÃa.
–Mamá lo llama –dijo al médico. Y volviéndose a mÃ, con una sonrisa forzada:
–¿Lo enteró Ayestarain de lo que pasa?… SerÃa cosa de volverse loco con otra persona…