Cuentos de amor de locura y de muerte
Cuentos de amor de locura y de muerte Es evidente, por lo que de ella se desprende, que el hombre habÃa sufrido lo indecible con el toro del polaco. Plantaciones, por inaccesibles que hubieran estado dentro del monte; alambrados, por grande que fuera su tensión e infinito el número de hilos, todo lo arrolló el toro con sus hábitos de pillaje. Se deduce también que los vecinos estaban hartos de la bestia y de su dueño, por los incesantes destrozos de aquélla. Pero como los pobladores de la región difÃcilmente denuncian al Juzgado de Paz perjuicios de animales, por duros que les sean, el toro proseguÃa comiendo en todas partes menos en la chacra de su dueño, el cual, por otro lado, parecÃa divertirse mucho con esto.
De este modo, los caballos vieron y oyeron al irritado chacarero y al polaco cazurro.
–¡Es la última vez, don Zaninski, que vengo a verlo por su toro! Acaba de pisotearme toda la avena. ¡Ya no se puede más!
El polaco, alto y de ojillos azules, hablaba con agudo y meloso falsete.
–¡Ah, toro malo! ¡Mi no puede! ¡Mi ata, escapa! ¡Vaca tiene culpa! ¡Toro sigue vaca!
–¡Yo no tengo vacas, usted bien sabe!
–¡No, no! ¡Vaca RamÃrez! ¡Mà queda loco, toro!
–¡Y lo peor es que afloja todos los hilos, usted lo sabe también!