El Alambre de púas

El Alambre de púas

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--¡No hace nada púa! --Bueno; haga lo posible porque no entre, porque si pasa se va a lastimar.

El chacarero se fué.

Es como lo anterior, evidente, que el maligno polaco, riéndose una vez más de las gracias del animal, compadeció, si cabe en lo posible, a su vecino que iba a construir un alambrado infranqueable por su toro.

Seguramente se frotó las manos: --¡Mí no podrán decir nada esta vez si toro come toda avena! Los caballos reemprendieron de nuevo el camino que los alejaba de su chacra, y un rato después llegaban al lugar en que Barigüí había cumplido su hazaña.

La bestia estaba allí siempre, inmóvil en medio del camino, mirando con solemne vaciedad de idea desde hacía un cuarto de hora, un punto fijo de la distancia.

Detrás de él, las vacas dormitaban al sol ya caliente, rumiando.

Pero cuando los pobres caballos pasaron por el camino, ellas abrieron los ojos despreciativas: --Son los caballos.

Querían pasar el alambrado.

Y tienen soga.

--¡Barigüí sí pasó! --A los caballos un solo hilo los contiene.

--Son flacos.

Esto pareció herir en lo vivo al alazán, que volvió la cabeza: --Nosotros no estamos flacos.


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