El potro salvaje y otros cuentos

El potro salvaje y otros cuentos

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No era sólo esto. Los bueyes y muías se perdían de noche en el campo abierto, y lo peones, que salían al aclarar, volvían con ellos ya alto el sol, cuando el calor agotaba a los bueyes en tres horas. Luego pasaban toda la mañana en el riacho luchando, sin un momento de descanso, contra la falta de iniciativa de los peones, teniendo que estar en todo, escogiendo las palmas, dirigiendo el derrumbe, afirmando, con los brazos arremangados, los catres de los pilares, bajo el sol de fuego y el vaho, asfixiante del pajonal, hinchados por tábanos y barígüís. La greda amarilla y reverberante del palmar les irritaba los ojos y quemaba los pies. De vez en cuando sentíanse detenidos por la vibración crepitante de una serpiente de cascabel, que sólo se hacía oír cuando estaban a punto de pisarla.

Concluida la mañana, almorzaban. Comían, mañana y noche, un plato de locro, que mantenían alejado sobre las rodillas, para que el sudor no cayera dentro. Esto, bajo su único albergue, un cobertizo hecho con cuatro chapas de cinc, que enceguecían entre moarés de aire caldeado. Era tal allí el calor, que no se sentía entrar el aire en los pulmones. Las barretas de fierro quemaban en la sombra.

Dormían la siesta, defendidos de los polvorines por mosquiteros de gasa que, permitiendo apenas pasar el aire, levantaban aún la temperatura. Con todo, ese martirio era preferible al de los polvorines.


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